Un esfuerzo que mereció la pena

A pesar de que Marruecos es un lugar que me ha marcado desde bien pequeña, hubo un momento en mi vida que supuso un antes y un después, no sólo en la manera de entender el país, sino en mi concepto personal de viajar.

Tengo que remontarme a hace ya algunos años cuando, quizás un poco cansada de la rutina de un fin de año que se avecinaba igual que los demás, decidí pasarlo en Marruecos. La decisión no podía tener una razón más lógica y, por qué no reconocerlo, insultantemente sencilla: si quería afrontar el año que empezaba de manera diferente, un buen comienzo podría ser pasar la nochevieja en un lugar completamente distinto.

Cielo de Marruecos

Cielo de Marruecos

Sin embargo, y aunque a priori creyera que lo que iba a diferenciar a aquel viaje era el telón de fondo, la dinámica del mismo fue completamente contraria a lo que predecía, lo que lejos de contrariarme, terminó por enriquecer enormemente mi espíritu viajero.

El día que llegamos procedíamos de Fez, después de haber visitado la ciudad el día antes. En otras ocasiones, había recorrido fundamentalmente el Norte, por lo que aquella experiencia me hizo ver uno de los fallos que más cometemos a la hora de viajar al país vecino: no comprender la escala del país y sus infraestructuras. Yo, feliz en mi ignorancia, pensaba que en Marruecos todas las ciudades importantes estaban más o menos a mano, deduciendo que sólo eran necesarias cinco horas para llegar hasta Merzouga, lugar preferido por aquellas personas que desean dormir en el desierto. Así que, cuando el chofer me avisó que se avecinaban algo más de 10 horas de carretera, fue como si le dieran una bofetada a mi ignorancia e impaciencia.

Paisaje en Marruecos

Paisaje en Marruecos

Sin embargo, muchas veces el esfuerzo es amigo de la satisfacción, y descubrí durante esas 10 horas cómo es de heterogéneo Marruecos: desde enormes lagos y palmerales a pequeños pueblos de apenas 40 habitantes arremolinados a un lado de la carretera o paisajes completamente nevados. Fue como si desfilaran delante de mí la mayor colección de paisajes que nunca había visto, y lo que en principio se me antojaba como una insufrible espera terminó convirtiéndose en una agradable preparación hacia lo que se avecinaba.

Aldea en Marruecos

Aldea en Marruecos

Naturaleza en Marruecos

Naturaleza en Marruecos

Llegamos al albergue donde nos íbamos a alojar bien llegada la noche y con las piernas entumecidas al no habernos movido apenas durante horas. No lo voy a negar: a pesar de haber disfrutado enormemente de la riqueza geográfica de Marruecos, no tenía el cuerpo para fiestas, ni siquiera aunque fuera fin de año. Pero todo aquel cansancio se disipó en cuanto aprecié la justamente reconocida hospitalidad marroquí: nos recibieron con la mejor de las posibles cenas y nos invitaron a bailar y cantar junto al fuego al son de un grupo de músicos. Además, y aunque ellos no lo celebraran, tuvieron el detalle de comprar uvas para festejar la nochevieja como es debido.

Acampados en el desierto

Al final, la ilusión y la alegría pudieron al cansancio, y tuvo que ser el guía el que recomendara acomodarnos si pretendíamos descansar algo. Aceptamos el consejo y fuimos a dormir a nuestra jaima, levantándonos a las 6 de la mañana, después de 3 escasas horas de sueño y con el tiempo justo para refrescarnos brevemente.

El campamento estaba al pie de las dunas; sin embargo, para poder ver el amanecer en todo su esplendor, debíamos adentrarnos y sortear montículos hasta encontrar uno lo suficientemente alto como para divisar el horizonte. Los camelleros que teníamos previstos no pudieron venir, por lo que tuvimos que hacerlo andando.

Algunas personas decidieron quedarse y otras tantas se volvieron a mitad de camino; no era de extrañar, teniendo en cuenta el cansancio acumulado y lo que suponía recorrer duna tras duna mientras que tus pies se hundían en la arena. Sin embargo, y a pesar de no caracterizarme por mi buena condición física, me propuse llegar al final.

Dunas en Marruecos

Dunas en Marruecos

Por fin llegamos a los pies de la duna adecuada; no voy a negar que, vista desde abajo, desanimaba subirla, pues a su altura, considerablemente superior al resto de las que habíamos sorteado, había que sumarle su sensible verticalidad. Pero no iba a dejar que un último obstáculo boicoteara un digno colofón, así que sacando fuerzas de flaqueza, y sin prisa pero sin pausa, la subí.

Me resulta complicado explicar con palabras lo que sentí en aquel momento: no sé si habéis tenido la ocasión de encontraros con algo que os resulte completamente nuevo y al mismo tiempo os provoque cierta sensación de cercanía y conexión. Esa mezcla entre la paz más absoluta, de un paisaje que cambia lenta pero continuamente, como si el viento hiciera que las dunas bailaran entre ellas, y ese tono tan anaranjado que, más que iluminadas por el sol, parecían pintadas por éste, hacía que un solo pensamiento me invadiera la mente: “¿De verdad han hecho falta más de 20 años para que pueda admirar este paisaje?”

Nuestra autora invitada contemplando la belleza del desierto

Nuestra autora invitada contemplando la belleza del desierto

Intenté que aquel recuerdo quedara retenido en la retina por lo que, a pesar de pasados veinte minutos después que amaneciera la mayoría optara por volver, decidí quedarme un buen rato más. A pesar de que tenía que volver a recorrer el mismo camino que de ida. A pesar del sueño acumulado. A pesar de que probablemente no tuviera ni tiempo de desayunar.

Ése era mi momento y no tenía intención de que ninguna debilidad me lo robase.

Decía Plutarco,  “Lo que hagas sin esfuerzo y con presteza, durar no puede ni tener belleza”. Estoy convencida, a ese respecto, que hay dos tipos de viajes: aquel que supone una terapia de choque ante la rutina y el tedio diario mediante la falta de preocupaciones, y aquel que implica un esfuerzo personal del viajero.

Del primero (tan válido y necesario el algún momento como el otro) nos acordamos de algunas anécdotas, de la cantidad de comida y bebida ingerida y de las ciudades visitadas, casi como si recitáramos la lista de los reyes godos.

Del segundo de los tipos rememoramos vivencias.

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Acerca del autor

Mi nombre es Mariluz Bejarano y Siente Marruecos es mi proyecto personal y profesional, donde uno pasión y trabajo en forma de asesoramiento e información sobre el país vecino.

1 comentario

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  1. Toñi dice:

    Tu relato me ha fascinado. Gracias por transportarme a las maravillosas dunas de Merzouga.

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