Tokio, una ciudad de carácter plural

Después de un vuelo con escalas, y más de 10 horas en el aire, llegas a Tokio. Es la primera ciudad que pisas en Japón y sientes un ligero hormigueo en el estómago (y no, no es el jet lag que está a punto de hacer acto de presencia… es algo más). Finalmente estás en Japón, probablemente una de las sociedades más diferentes que puedas encontrar en la tierra. Su cultura del trabajo, su afición por el manga, su forma de vida… de repente abres los ojos y tienes un mundo por descubrir en poco tiempo, muy poco tiempo.

Cruce de Shibuya, Tokio

Cruce de Shibuya, Tokio

Con más de 30 millones de habitantes, el area metropolitana de Tokio es la más poblada del planeta. Solo la ciudad de Tokio, su núcleo urbano, está formada por 23 barrios y cuenta con más de 13 millones de habitantes. Es imposible conocerla en una semana, pero pocos viajes le otorgan más tiempo. Somos viajeros apremiados por el tiempo, una lástima. Tokio merecería en si sola un par de meses (si los aguantas). Cada uno de los barrios de Tokio es como una ciudad dentro de la ciudad, con su epicentro, sus estaciones de tren y transporte público, su carácter único, su gobierno y organización.

Mi Tokio bipolar

Mis primeros días en Tokio los pasé entre en Asakusa, la zona más antigua de la capital nipona, y Akihabara, la Meca de la tecnología y el centro geek por excelencia. Mientras que en Asakusa descubría uno de los templos más antiguos de Tokio, Senso-ji, en Akihabara era el tintineo el tintineo de las máquinas de Pachinko, los videojuegos y los carteles con luces intermitentes, los que acaparaban mi atención. Las bicis se abrían paso en calles estrechas mientras jóvenes con camisa blanca se mezclaban con chicas disfrazadas.

Barrio de Akihabara, Tokio

Barrio de Akihabara, Tokio

Tener el hotel en la zona de Asakusa me hizo percibir Tokio como una metrópolis grande y concurrida pero con cierto equilibro. Aunque ese no era el final de mi incursión en Tokio. Después de unos días intensos recorriendo otras ciudades y paisajes, volvía a reencontrarme con la gran capital. Y esta vez me esperaba un hotel en Shinjuku, probablemente el barrio más concurrido de Tokio. Y para acabarlo de rematar, me alojaba nada más y nada menos que en Kabukicho, el barrio rojo más famoso de Tokio. Un lugar donde la oferta de ocio es interminable e inigualable. Aquí sí vería esa imagen de Tokio que tenía en mente, de caos ordenado, de multitudes y de saturación sensorial.

Robot restaurant, Tokio

Robot restaurant, Tokio

El cruce de Shibuya, los centros comerciales, la estación de trenes de Shinjuku, los rascacielos, los carteles iluminados, los mensajes enlatados… Tokio me mostraba una cara muy distinta. Con luces de neón amontonándose unas encima de otras, pantallas gigantes, restaurantes en el subsuelo y cafeterías en la séptima planta, con su publicidad de colores vivos. Gente y más gente.

En Shinjuku encontré salones de Pachinko, espectáculos nocturnos que te hacen cuestionar la lucidez, altavoces vomitando verborrea ininteligible con voz aterciopelada, bandas sonoras en cada esquina, tiendas a 100 yenes, colegialas en minifalda, pestañas postizas y elegantes mujeres con yukata.

Tokio en movimiento

Definiría Tokio como una ciudad afligida por un trastorno de múltiple personalidad. Por mucho que lo intentes no puedes verla como una ciudad homogénea. Partes de un arcén en el famoso cruce de Shibuya, esquivando peatones, entras en un Starbucks y para refrescarte compras un matcha grean tea frapucchino. Subes los pisos de un centro comercial y te entretienes mirando los últimos gadgets de electrónica.

Sales a pasear por uno de los oasis verdes de Tokio y por unos instantes olvidas donde estás, una ciudad que es un mundo. Tomas el tren de la famosa línea circular Yamanote y bajas en Asakusa, un barrio donde sobreviven algunas casas antiguas y callejones con encanto. Visitas Roppongi y te cruzas con un hombretón entrado en carnes. Reconoces en su estilismo capilar su trabajo de luchador de sumo y te dejas sorprender una vez más por esta ciudad.

Barriles de sake en Yoyogi

Barriles de sake en Yoyogi

Sigues avanzando, descubriendo rincones de Tokio. Te maravillas ante el lujo de Ginza y las costumbres que prevalecen en Tsukiji. Subes, por enésima vez, a la Yamanote, compartes vagón con jóvenes que marcan tendencia y asalariados de camisa blanca. Si bajas en Shinjuku alrededor de las seis de la tarde deberás dejar que la marea humana guíe tus pasos. Cualquier intento de elegir tu propio camino será en vano.

Vista desde la Tokyo Tower

Vista desde la Tokyo Tower

Compras en cualquier esquina un refresco de té verde en una máquina expendedora, eliges tu restaurante valorando la calidad de los platos de cera expuestos en el escaparate. Pides la comida gracias a las fotos, en máquinas expendedoras o en cartas, de otra forma imposibles de descifrar. Te sorprende la amabilidad de los japoneses con los que apenas puedes comunicarte verbalmente. Y así, con la cara de idiota y muchos pájaros en la mente regresas a tu vida, a tu rutina, pensando que ya nada será igual.

Flor de loto en Tokio

Flor de loto en Tokio

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Acerca del autor

Periodista y blogger de viajes afincada en Barcelona. Me dedico al mundo de la gestión de contenidos y publicaciones Web. Soy apasionada de los viajes y la fotografía, y disfruto compartiendo mis aventuras viajeras en este blog.

4 comentarios

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  1. Una ciudad que me maravilla, y como dices necesitas muchos días para conocerla con detalle, yo tengo claro que cuando vuelva por Japón le voy a dedicar aún más días para disfrutarla con calma, e intentaré que el tiempo limitado no sea un obstáculo :D

    ¡Saludotes!

    • Sonia dice:

      Totalmente de acuerdo contigo, la verdad que a Tokio merece mucho la pena dedicarle tiempo. Fue uno de los lugares que más me sorprendió de Japón y volví completamente enamorada de ella… :-)

  2. Marta A. dice:

    “Eliges tu restaurante valorando la calidad de los platos de cera expuestos en el escaparate”, esto me ha dejado bastante sorprendida… ¿Hay que saber de cerámica antes de pisa Tokio? Jejeje :P

    • Sonia dice:

      Fuerte, ¿verdad? Pues como no entendíamos nada de la carta (a no ser que tuviera fotos, claro) pues había que fijarse en lo apetecibles que parecieran esos platos de cera que exponían en los restaurantes. Si tenían mala pinta y se veían cutres ni entrar en el restaurante! jajajaja

      Un abrazo,
      Sonia.

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