Anécdotas de un viaje a Japón

Hoy he decidido que voy a practicar la escritura terapéutica. Porque, qué mejor manera de superar el mono viajero que con una buena dosis de humor. A veces, al recordar un gran viaje como el de Japón no nos acordamos tanto de los monumentos como de las chorradas que nos pasan por el mundo.

Robots y mosquitos asesinos

El primer desafío mental en Japón llegó de la mano de una invitación (por parte una amiga japonesa) de ir a un espectáculo de… ejem… ¡robots!. No sé si conoces el Robot Restaurant de Tokio. Yo lo busqué después en Trip Adivsor y al parecer está entre las actividades preferidas de los viajeros que visitan la ciudad. No sé. A mi, ni se me había pasado por la cabeza.

Batalla de robots

Batalla de robots

Fue llegar al local y darme cuenta de que nos adentrábamos en un mundo…como diría… un tanto perturbador. A medio camino entre un espectáculo de cabaret, una oda a lo kitsch y el efecto que debe tener mezclar un tripi con alcohol. Esto es Robot Restaurant (o como lo pronunciaban allí ro-bo-to res-taurant!!) Durante hora y media vimos mujeres ligeras de ropa corriendo por el escenario y bailando a lo lady Ga-ga, luchas de robots, actuaciones estelares de personajes mitológicos, gente disfrazada de oso de peluche, efectos especiales, canciones en directo y mucho, mucho más… Prefiero no desvelarlo y que lo vivas en primera persona. Ya sabes, si quieres experimentar una noche llena de fantasía y con un punto de esquizofrenia, no te lo pierdas.

Y después de la terapia de choque en Robot Restaurant, una cena por todo lo alto. Y eso que a veces me planteo por qué narices no me habré convertido ya al movimiento vegetariano. Mi amiga Minako nos guiaba y recomendaba. Como yo de la carta en japonés de la taberna ni una palabra, me dejé llevar… y cometí un sólo error. Preguntar. ¿Qué es esto que comemos? ¿Y eso? ¿Esto? Ummm… a ver…lo traducen como… “molleja de pollo”, “hijado de…” “corazón”… ¿Qué? ¿Qué? Pero… ¿Por qué? Bueno, la próxima vez mejor no pregunto. Calladita estoy mejor.

cena-taberna-japonesa

Solo habían pasado un par de días de viaje y, a parte de haber vivido momentos únicos, me había percatado que mi sangre europea estaba causando estragos entre los mosquitos de Japón. Dios, qué picadas… del tamaño de una mandarina!!! Y llegué a contarme 25 en un sólo día…

Clases de cocina express y siestas dentro de un armario

Así, con las piernas como los Alpes Japoneses, llegué al segundo destino del viaje, Kyoto, donde me aguardaban noches en vela, maldiciendo el suelo de tatami y un futón que había visto mejores tiempos. (Aquí debo hacer un inciso, para ahorrar un poco en el presupuesto viajero nos alojábamos en un hostel barato y yo, a mi edad, ya no estoy para esos trotes). El hostal Haruya Book está situado en una encantadora casa de más de 100 años de antigüedad pero nuestra habitación era diminuta y con comodidades, las mínimas. Así de compacta era que cuando extendías el futón no te quedaba espacio para andar, vamos sin pasar por encima de la “cama”. Tenía el tamaño de un armario grande.

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Lo mejor de la habitación era, sin duda, la puerta. Una puerta tan diminuta que para entrar tenía que encogerme y pasar medio agachada (y ojo al dato, que la que escribe apenas supera el metro y medio). Yo es que me muero de risa imaginándome como entraría un holandés a esa habitación… contorsionismo sería su única solución. Y para no desestimar mi capacidad de sorprenderme, el retrete incluía un grifo encima del depósito. All-in-one. Genial, ¡estos japoneses sí que saben!

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Y aunque no vimos nunca la figura escurridiza de una Geisha por las calles de Kyoto (¡qué pena!) esta ciudad fue una de las más prolíficas en anecdotario personal.

Uno de los días que pasamos en Kyoto, después de andar unos 20 kilómetros (prometo no exagerar) por la ciudad, visitando templos, jardines, calles… volvimos al hostal a descansar y en esas que escucho unos golpes en “puertecita” de la habitación. Abro y (medio agachada) me encuentro a la chica de recepción que al verme que se arrodilla frente a la puerta. Y yo (tienes que imaginarme con una gota de sudor deslizándose por la frente… ¿qué hago? Me arrodillo también, ¿no?). La chica empieza a hablar y a disculparse una y otra vez. Yo arrodillada, mirándola, sin saber muy bien qué hacer o decir. Ella que mezcla inglés y japonés. Yo que medio entiendo su inglés y nada de su japonés. Un desastre comunicativo asegurado.

Al final conseguí entender que al ver mis piernas mutiladas (aka llenas de picaduras de mosquito del tamaño de una mandarina) pensó que había tenido la mala fortuna en su hostal y se ofreció a pagarme las armas químicas contra mosquitos que había adquirido en el 7eleven. Le dije que no hacía falta, que las picaduras ya viajaban conmigo desde Tokio. Un encanto, estos japoneses.

También fue en Kyoto cuando, en medio de una cena bastante tranquila en un Tepanyaki, nos encontramos preparando un okonomiaki (lo que llaman pizza o tortilla japonesa) tras la barra. El cocinero, un señor bien entrado en años y con escasos dientes, nos invitó a cruzar la frontera que separa cocinero y comensal y casi nos “obligó” a sacar fotos del espectáculo con su sonrisa desdentada… al final, todo son recuerdos para la posteridad.

Cocinando en Japón

Cocinando en Japón

Pasado esto, el viaje siguió en unos términos más o menos normales, con auténticas caminatas de por medio, viajes en tren, tranvía, autobús, barco y teleférico; visitas a templos, a museos… lo normal, vamos. Normal hasta que llegamos a un nuevo destino, Takayama.

El ryokan en las montañas y un paseo en yukata

En Takayama había reservado un auténtico ryokan para disfrutar de una experiencia japonesa a todo lujo. Lo tenía todo preparado, la reserva imprimida en inglés y japonés, el billete de tren reservado… todo controlado… todo, salvo un pequeño detalle. Por alguna razón no había comprobado la dirección exacta del ryokan. Bueno, sabía que Takayama no era una ciudad grande así que debía ser fácil encontrarlo, ¿no? Supongo que hubiera sido así… si no fuera porque había reservado un ryokan a 50 kilómetros de Takayama!!! ¡Maldito buscador de hoteles! Casi me da un vuelco el corazón.

¿Cómo podía ser? ¿Cómo llegaríamos sin coche? Llamé al ryokan pero (para seguir con la tónica general del viaje) no entendí nada de lo que me decían salvo algo de un autobús. ¿Habría un bus? Tal vez. Sònia, respira. Sònia, calma. Sònia, saldrás de esta…

El tren llegó a Takayama y cuando pregunté en la oficina de autobuses me dijeron que sí, que había un autobús hasta la zona del ryokan que había reservado. Costaba unos 25 euros al cambio, tardaba un par de horas en llegar y, la verdad sea dicha, no tenían muy claro que parara frente o cerca del ryokan… Después de unos momentos de frustración inmensurable y mucha rabia llegamos a la conclusión que lo mejor era cancelar la reserva y perder dinero en vez de tiempo. En unos minutos, y gracias a la bendita Wifi gratuita de Takayama, reservamos otro ryokan encantador donde, además, nos prestaron un par de yukatas para que saliéramos a hacer el guiri por la ciudad (por si te interesa, el ryokan se llama Oyado Koto No Yume y está muy cerca de la estación de trenes)

cena-kimono

¡Y lo hicimos! Pedí ayuda para colocarme la yukata (que es como un kimono pero de verano) porque no es fácil, nada fácil…. y una vez puesta decidí que saldría a dar un paseo y a cenar con ese atuendo tan tradicional. Había que nutrir el anecdotario japonés con algo más gracioso que perder la reserva de un hotel.

Una buena sesión de fotos y una rica cena más tarde (no hay que perderse la ternera de Hida), al entrar a una tienda de dulces me pasó otra vez…, la señora que la regentaba empezó a hablarme muy dulcemente en perfecto japonés mientras yo la miraba con cara de póquer y le respondía con una sonrisa y un “arigatooo gozaimas”.

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Esto, una ligera obsesión por el té verde japonés en forma de refresco, de frapuccino en el Starbucks, de donut verde, de chuchería, de helado, de mochi,… y una fascinación por todo lo que veía como si fuera obra de ingeniería civil o un descubrimiento nuevo en la tierra fue lo que me llevé de Japón. Bueno, esto y un buen puñado de fotos, por supuesto.

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Acerca del autor

Periodista y blogger de viajes afincada en Barcelona. Me dedico al mundo de la gestión de contenidos y publicaciones Web. Soy apasionada de los viajes y la fotografía, y disfruto compartiendo mis aventuras viajeras en este blog.

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